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“Le dije a mi mamá que me cortara las manos”

Raquel Dávila

Mobirise

Raquel lo daría todo por la manicura. Nada la desviará de su objetivo de convertirse en formadora de técnicas de uñas. Ni siquiera las quemaduras de segundo grado que sufrió hace un año cuando sumergió sus manos en un bote con acetona pura. Tenía prisa y quería retirarse las uñas de gel que se había puesto con gran destreza.  

Esa noche, el picor se le hizo insoportable. Sus manos empezaron a sangrar y ni siquiera podía moverlas. Los médicos que la atendieron en urgencias le dijeron que lo mejor era que pidiese la baja laboral, pero no podía permitírselo. En un mes, fue cuatro veces a urgencias. Lo único que quería era que el dolor se le pasara. “Un día, en mi desesperación”, recuerda esta madrileña de 38 años, “le dije a mi mamá llorando que me cortara las manos”.

Estuvo así durante tres meses, sin dejar de trabajar. Usaba guantes de nailon, no para protegerse de las sustancias irritativas que manipulaba a diario sino para que sus clientas no vieran sus manos estropeadas. En su última visita a urgencias, en septiembre pasado, le dijeron que no podían hacer nada más por ella, que tenía que ir al dermatólogo. El diagnóstico que le dieron ya arrojaba una sospecha de que se tratara de una dermatitis alérgica de contacto. Es decir, era probable que su alergia fuera de por vida.

“La verdad, he estado evitando oír que me olvide de hacer manicura”, se excusa una y otra vez. Si hubiera sabido cómo manipular estos productos, la historia sería otra. Por eso, acaba de graduarse como técnica de uñas. Antes, trabajaba sin título. Nunca se lo pidieron. Las espectaculares manicuras que hacía fueron su mejor carta de presentación. Finalmente, ha decidido ir al dermatólogo. Quiere saber qué le pasa en las manos. Su cita está agendada para finales de verano.

“Por culpa de la manicura tengo menos capacidad pulmonar”

Patricia Palau

Mobirise

Subir dos pisos de escaleras supone un esfuerzo para Patricia Palau. A esta esteticista de melena roja de 44 años le falta el aire cuando llega al rellano. “Parezco una abuela de 70”, se lamenta. Patricia empezó a tener problemas para respirar a inicios del año pasado. Lo notaba sobre todo cuando hacía deporte, pero en septiembre la señal fue inequívoca.

Participaba con unos amigos en una carrera de obstáculos en Vigo. Eran 9 km y había unos treinta y poco obstáculos, recuerda. En un punto de la carrera, en algún momento entre el muro de escalada, el salto de barras y la carga de neumáticos, empezó a perder la visión. “¡No os veo!”, les gritó a sus compañeros.

Patricia empezó a hiperventilar. “Chicos, ¡no os veo!”, les seguía gritando. Se ahogaba. Sus pulsaciones empezaron a subir. Le faltaba el aire y sentía que se iba a desmayar. Su pareja y amigos tuvieron que llevársela “a rastras”.

“Yo lo achacaba a otras cosas, pero por culpa de la manicura tengo menos capacidad pulmonar”. Así se lo confirmó a Patricia su médico. “Se me están obstruyendo los pulmones del polvo de los productos, porque eso se va acumulando ahí”, detalla. Son más de 20 años metida en el mundo de las uñas, aspirando día tras día, hasta 16 horas seguidas, ese cóctel de vapores tóxicos. Cuando casi nadie se ponía uñas postizas, Patricia ya llevaba las más extravagantes del momento, y también las aprendió a hacer. Iba a congresos en Alemania y su centro de Valencia era un éxito. Hace unos meses empezó a desarrollar también alergia a los acrilatos, los culpables de provocar dermatitis de contacto a las amantes de las uñas. Las manos le ardían y empezaron a descamársele.

Hoy, autónoma y con dos hijos e instalada en Sarria (Lugo), no ve posible dejar su empleo en un centro de estética. A pesar de que, día tras día, siga impregnándose de ese aire y de esos productos que le dañan. Usa mascarilla, guantes y un aspirador para el polvo: “No me queda otra. No me puedo permitir el lujo de pedirme la baja”.

“Creí que me iba a dar una depresión”

Rocío Pérez y Beatriz Muñoz

Mobirise

La pasión enfermiza por las uñas unía a Beatriz Muñoz y Rocío Pérez, pero solo lo supieron cuando se conocieron por Facebook. Segura de que no era la única mujer en España que estaba pasando por eso, Beatriz decidió abrir un grupo que llamó “Alérgic@s a los acrilatos”. Cuando lo encontró, Rocío se sintió aliviada y la ayudó a administrarlo.

“Creía que me iba a dar una depresión”, confiesa Beatriz, mientras busca la complicidad de Rocío al otro lado de la mesa en una terraza de Leganés. La depresión no era por las grietas en las manos, ni por las uñas levantadas ni porque hubiera tenido que cambiar los pañales de su bebé con guantes. Ni siquiera porque tal vez en un futuro pueda rechazar dispositivos médicos vitales como prótesis o bombas de insulina. Lo que la atormentaba era una cuestión mucho más simple: “¿No me voy a poder hacer más las uñas?”.

Buscaba “como una loca” grupos en Facebook donde se hablara de eso. Y nada. Así que esta auxiliar administrativa que hace dos años se quedó en el paro y empezó a formarse como manicurista creó “Alérgic@as a los acrilatos” y dejó por escrito el objetivo del grupo: “Este grupo lo he creado para poder ayudarnos unas a otras en este maravilloso y destructivo mundo de las uñas”, tecleó. Y siguió: “Vamos a ayudarnos a encontrar productos libres de este tóxico”.

Dejar de hacerse las uñas no parece ser una opción entre las más de 150 mujeres del grupo. “Las uñas son tu escaparate” o “las manos hablan mucho”, les gusta repetir a las dos.

Rocío, que llegó a tener las manos en carne viva y se las vendaba porque no aguantaba más el dolor ni “las miradas raras de ¿tienes la lepra?”, asegura que “hay gente que le da un poco igual, que le da alergia y se las sigue poniendo”. Aún con las yemas de los dedos levemente descamadas, el rosado de sus uñas de gel -uno que dice que no le da alergia- brillan en la mesa.

“Esta se puso muy bruta, no se le han caído las manos de milagro”, dice Beatriz.

“Jamás había escuchado que se podía desarrollar una alergia”

Paloma Faba

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La historia de Paloma empieza ahí donde todas hemos estado alguna vez, en un centro de manicura lleno de esmaltes de colores, esperando a que en unos minutos le embadurnen las uñas con productos tóxicos.

Paloma repetía este rito mensualmente. Quince euros y unas uñas perfectas. Le gustaban cortitas y negras. Le daban un toque a su ‘look’. Como asesora de imagen para publicidad, cuidaba cada detalle y le gustaba ponerse unos anillos bonitos para adornar sus manos, con las que cogía con delicadeza la ropa sedosa que mostraba a sus clientes.

“Con pintauñas normal en seguida se desconchaba. Me iba muchísimo mejor la permanente y empezó a ser una rutina”, explica esta valenciana esbelta de 34 años. Era un alivio despreocuparse de las uñas. Lo hizo durante los últimos ocho años hasta que un día, mientras el esmalte se secaba en las luces ultravioletas, todo cambió.

Empezó a sentir mucho dolor. Se lo comentó a la mujer de origen chino que le había hecho las uñas. “Es normal”, le respondió. Poco después, las manos se le hincharon y le empezaron a aparecer una hilera de granitos hasta la muñeca. Fue a la farmacia a por unas pomadas y, quince días después, tomó “una muy mala decisión”: volvió a hacérselas. 

Cuando se las quitó, se asustó: tenía sus diez uñas quebradas por la mitad y por debajo había una especie de costras, como si se le estuviera formando una especie de doble uña. Cada vez que tenía que mostrar las prendas a sus clientes, Paloma no sabía donde meterse. “Parecía como falta de higiene”, recuerda. 

Estaba tan impactada con que la manicura le hubiera hecho eso que empezó a mandar las fotos de sus manos a dos amigas que, como ella, se ponían desde hacía años las uñas de gel. “Les di la voz de alarma”, asegura. Y funcionó. 

Paloma se mira ahora las manos y no las siente suyas. Ve las uñas crecerle de forma irregular y piensa cómo le hubiera gustado conocer antes los peligros: “En ningún sitio, jamás, he escuchado que se podía desarrollar una alergia. Nunca, jamás, nada”. Si lo hubiera sabido, quizás no se las habría puesto o, al menos, lo hubiera hecho siendo consciente de todos los riesgos.

“El médico me dijo: ¿Cómo no has venido antes?”

Yolanda Rodríguez

Mobirise

Yolanda no quiere oír hablar de manicuras permanentes. No quiere verlas ni de lejos. Por culpa de ellas estuvo meses con sus manos despellejadas e, incluso, llegó a perder una uña. 

Al principio, esta andaluza de grandes ojos negros de 44 años “aguantaba” en silencio. Trataba de tapar las evidencias con cremas que compraba en la farmacia. Pero cuando, una tarde de otoño, la uña del pulgar izquierdo se le cayó mientras paseaba con su marido por Málaga, entendió la gravedad de la situación y fue al ambulatorio.

El médico de cabecera, al verle las manos, la increpó. ¿Cómo no había ido antes? Yolanda no sabía qué le estaba pasando. Había trabajado la mayor parte de su vida como administrativa pero un despido la empujó a formarse como maquilladora, su pasión. Las uñas vinieron después. Comenzó a atender a amigas y familiares en su casa hasta que, en octubre de 2018, abrió su puesto de maquillaje, manicura y depilación en Benalmádena. Era su ilusión, su reinvención profesional y también una inversión grande de dinero.

Recuperarse no era solo una cuestión de estética. Sus manos, esas manos feas y agrietadas que se le quedaban enredadas en el pelo cuando se duchaba, que no le dejaban teclear mensajes en el móvil o que le sangraban en el supermercado mientras trataba de sujetar los cartones de leche sin lastimarse, eran las que sustentaban a sus tres hijos adolescentes. 

Después de semanas cubriéndoselas con todo tipo de guantes para tratar de evitar el dolor y, sobre todo, las miradas asustadas de las clientas, la Seguridad Social le concedió la baja laboral. Reconoció que los productos de manicura la habían incapacitado para trabajar. Para las pruebas alérgicas del hospital tuvo que esperar medio año. Su nivel de rechazo era tal que los parches le hicieron una úlcera en la espalda.

Lo vegano no siempre es sano

Mildredth Choez

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Desde pequeña, ‘Mimi’ sufre dermatitis. Supo que tendría que lidiar con esta enfermedad por siempre. Pero ahora parece sorprendida. No puede creer que los productos “veganos” que usa y vende con tanto orgullo en su centro de belleza contengan acrilatos. De hecho, no sabe qué son los acrilatos. Durante un rato, esta coqueta ecuatoriana de 35 años no deja de mirar el etiquetado del esmalte rosa pastel que sostiene entre sus manos e inmediatamente intenta minimizar la advertencia: “Igual necesita llevar algo de acrilatos para que dure el esmaltado”. 

'Mimi' empezó hace cinco años en el mundo de la estética y las sustancias químicas la acechaban constantemente. Dice que le costó mucho tiempo encontrar productos con “formulaciones naturales” o con el menor número posible de componentes químicos peligrosos. Sabía que tenía que cuidarse. Recuerda que cuando estaba embarazada, sus dedos se inflamaron, se le agrietaron y el picor muchas veces no la dejaba dormir. El calvario fue siempre el mismo. Tres meses bien, tres meses mal. Los corticoides se convirtieron en sus amigos inseparables. 

“Por eso yo apuesto por los productos veganos. Quiero lo mejor para mis clientas”, insiste esta latina asentada en Majadahona, al norte de Madrid. Pero en realidad, los esmaltes veganos permanentes tienen los mismos químicos alergénicos que los comunes. A veces no incluyen, eso sí, los más tóxicos. 

Eso tiene su público... y su precio. 

Mimi asegura que da un servicio “totalmente distinto”, sin prisas y con mimo, y que los artículos que usa en su centro de belleza no son como los “demás”. Pero cuando se le cuestiona sobre si lo vegano evita las alergias, vuelve a quedarse pensativa.